Los locales malditos

2 Jun

Están por todos lados, a plena vista o escondidos en callejones. En barrios pobres, en barrios ricos, en ciudades grandes o en pueblos recónditos. Invaden la geografía universal haciéndose llamar “locales malditos” y estoy segura que existe alguno muy cerca de ti.

Estos curiosos lugares por los que parece haber caído una maldición eterna tienen un olor especial, un tufo sutil a fracaso que sólo podemos reconocer con facilidad algunos superdotados del olfato como yo.

En el distrito limeño de San Borja, al final de la calle donde pasé mi niñez, había una esquina desde la que según yo empezaba el mundo adulto; ese donde los problemas se hacen realidad y se vive siempre al borde de la locura o de la iniciación al culto a Jehová. Pensaba que al cruzar esa calle hacia la avenida Las Artes, “lejos” de la seguridad del hogar familiar, podía perderme, quién sabe si para siempre… y era justo en esa esquina entre la niñez y la horrible adolescencia, donde estaba el primer local maldito que conocí.

Por él pasaron, uno tras otro, negocios que siempre nacían y morían de la misma manera: pasando de la ilusión al miedo. Tiendas de ropa, bodegas de alimentación, negocios de masajes misteriosos, peluquerías y hasta una tienda de mascotas. ¡Esos cachorros tiernos no podían no venderse! Pero sí, de pronto, nadie los quería.

Cosa rara. Abrían sus puertas a la riqueza con ilusión y fuerza. Todos los dueños llegaban con esa cara de tarados que se nos queda a los humanos cuando pensamos “al fin voy a ser millonario”. Algunos se esmeraban en la decoración, otros preferían invertir en desarrollar una idea de negocio novedosa e incluso algún listo se esforzó en pagar una campaña de publicidad (estos pinches publicistas), pero ninguno conseguía jamás evitar la caída en picado de sus cifras de ventas, porque señoras y señores, tarde o temprano todo se desplomaba.

Poco a poco se iba creando en el aire el ambiente lúgubre del final de un cuento triste. ¿Empezaban a perder dinero? ¿Se comenzaban a sentir víctima de fraudes, incendios? ¿Veían caer sobre sus cabezas la desgracia de la enfermedad o era la saña de los desastres naturales golpeando con furia especial contra sus setenta metros cuadrados de superficie? Terremotos, asaltos, cualquier cosa podía ser, el caso es que no importaba cómo, siempre terminaban cerrando.

Durante años me he encontrado con lugares malditos dedicados a los negocios temporales que nunca funcionan. De formación profesional, siempre intenté buscarle una razón a su fracaso.

La localización tenía que ser. Pero a no ser que tuviera una razón relacionada a un error garrafal de feng shui, la mayoría de las veces, los locales malditos cumplían con estar bien ubicados, a la vista y paciencia de la gente a la que bien podían llegar y venderles sus productos y servicios como si no hubiera un mañana. (Consumir, cerdos, consumir)

Bueno, pues entonces será justamente eso, lo que venden. El qué y no el cómo nuevamente a la cabeza. Sí, podía ser ese el problema, pero, curiosamente, descubrí que no. Conocí negocios bien pensados, originales incluso, que se iban al garete sin entender por qué.

¿La atención al cliente? no, tampoco. De hecho, creo que el temor creciente a la mierda que se acerca como una peste, volvía a los empleados cada vez más blandos, dulces y serviciales.  ¿Sería acaso la razón del fracaso un mix suavecito de todas las anteriores? ¿Tan suave que llega a ser imperceptible? Puede ser. Pero ante la duda, decidí crear una hipótesis propia, bastante más creíble y sensata para la mente de una persona como yo, pensadora imaginaria donde las haya.

La razón pues, de la caída continuada de las empresas que inician operaciones en un local maldito es algo que claramente escapa del control humano.

Pero, ¡cuidado! dios y su séquito no está para problemas del capital, así que los únicos que podían estar tras esto eran, sin lugar a dudas, los espíritus aburridos del inframundo.

Ellos, en su eterna desidia, no encuentran mejor manera de putear a los humanos que meterse en sus locales y una vez allí, lloran sus penas del pasado y cuentan historias terroríficas a las paredes que, aunque no hablan lenguajes humanos, son capaces de enviar mensajes sutiles a nuestra mente inconsciente.

El ciclo de mensajes malditos permanece por el resto de la vida impregnada en cada metro cuadrado.
Todavía no se ha encontrado una solución a este problema que impacta directamente en el sistema. ¡Qué diría John Smith!

En fin, sí, sí, hazte empresario… pero ojo. Mucho ojo.

Yo pago mis impuestos

14 Abr
Ayer me contaban que en Dinamarca, el 50% del sueldo se va en impuestos. Pero a cambio, tienes sanidad gratis y un montón de beneficios de primer mundo. Según la conversación, acá en España, estaríamos pues como en un segundo mundo y en Perú, como en el tercero. Por ahí alguien habló del cuarto mundo… en fin, ya se sabe, ese gustito tan humano por hacer listas…
No sé quién se inventó lo de los mundos. Siempre me pareció muy estúpido hacer una clasificación simplista de algo tan variado y tremendo como un país o peor aun, una región. ¿Será que el problema básico de este mundo está en la mente “des-unida” de los que lo habitan?
Entonces, mientras hablaban de los impuestos, de lo bien que se vive con el culo helado en los países del norte, y lo mal que funciona el sistema por acá y por allá… yo me puse a pensar en esos impuestos de vida que tenemos que pagar todos sí o sí, sin importar en qué parte del mundo estemos o bajo qué sistema. Esos pagos a quién-sabe-quién de los que no se salva nadie: Los impuestos por el derecho a la vida.
Hoy les hablaré de cuatro de ellos:
El primero y más caro impuesto a pagar es la salud. Efectivamente, es parte de estar vivo enfermarse de vez en cuando. Los humanos creemos evadir este impuesto preocupándonos mucho por no caer enfermos y teniendo a la muerte presente de una manera incorrecta, como máxima fuente de miedo.
El segundo impuesto es el riesgo, en toda su extensión. Inevitable. Evades este impuesto encerrándote debajo de un montón de excusas variadas.
El tercer impuesto es el cansancio. Lo evadimos justificando nuestra pereza con lamentos.
El cuarto impuesto es la desaprobación. Lo evadimos programando nuestras mentes desde pequeños, con el objetivo imposible de ser perfectos ante los ojos del resto.
El problema no es el impuesto en sí, sino nuestra falta de aceptación de éste. Es decir, si aceptáramos nuestra debilidad, no tendríamos que estar intentando evadir la enfermedad, sino que la aceptaríamos como parte de la maravilla que es estar vivo.
Si dejáramos de tener miedo a querer y ser queridos y otros muchos riesgos que tiene la vida, dejaríamos de escapar del dolor que tanto nos enriquece.
Si dejáramos de aceptar la pereza como forma de vida, podríamos tener más valor para hacer lo que realmente nos gusta y así, caería en picado nuestro impuesto de cansancio.
Si pensáramos antes de hablar a los niños con indicaciones que los anulan, dejaríamos de ser un montón de gente que prefiere hacer listas en vez de actuar.
Pagar impuestos es parte de la vida. Pero menos mal, en este único mundo en el que vivimos, siempre podemos decidir cuánto pagar.

Dios debe estar partiéndose de risa

20 Mar

Sentado sobre una silla de nubes en su casa en el cielo, Dios mira su creación con gesto interesante. Una manta de terciopelo azul eléctrico le cubre la espalda llena de pelos. Es un tipo moderno pero natural, eterno detractor de la fotodepilación y la cera con olor a chocolate.

Come canchita mientras hace zapping en su tele tamaño muy-gigante con ultra HD. Parece aburrido.

De pronto, en uno de sus canales de televisión, aparece una mujer cualquiera, con una vida común, que vendría siendo para nosotros algo similar a ver un canal comarcal con mala señal donde sólo echan series pasadas de moda.

−A ver qué tal esta chica… uuuuhh ¿eso es un grano?−Dios congela la imagen y hace zoom. Su interés por el acné es algo que jamás nadie entenderá −Vládimir, alcánzame el expediente de Gabriela Dominguez 2015. ¡Venga, vamos, rápido!

Y va Vládimir, tan rápido como puede, que es poco porque es enano y todo lo tiene corto (y siempre va desnudo y se rasca y en fin…)

Sus piernitas enanas se tropiezan porque no es fácil ser un enano de Dios, pobre. Llega hasta el sótano de la casa, que es más o menos por donde transitan los aviones, para que se hagan una idea.

Cuando al fin llega al almacén, le pide a la recepcionista el expediente encargado.

−Es curioso que pida este. Habiendo tantos… digamos, más interesantes. –La rubia, bien dotada con una sola nalga enorme y 3 tetas estupendas, resulta aún más grande de lo que es en realidad, al lado del enano −Casi nunca revisa los expedientes y para una vez que lo hace, mira lo que elije. No hay quien lo entienda. Yo le eché una mirada, porque ya sabes, acá una se aburre soberanamente y a veces tengo que entretenerme.

El enano, que en vida fue un hombre grande y fornido, no puede dejar de lado su esencia libidinosa y mientras ella le cuenta y habla y habla, él no puede evitar imaginarla “calladita”.

−Sí, sí, este lo leí alguna vez… Sin duda curioso que lo pida.

−Yo soy un mandado, nena, anda dame mis papelitos, que el viejo se pone pesado– el enano tiene una pequeña erección que anima a la rubia.

−Aquí tienes, chiquito, tú siempre tan mimosón–Se ríen cómplices admirando la furia ridícula del pequeño hombre que, subido en un cajón para llegar al mostrador, extiende una de sus manitas peludas hasta alcanzar un pecho de la chismosa recepcionista. A medio camino de la mano a la blusa, suena por un altavoz: Vládimir, i’m watching you!

El enano lujurioso baja del cajón asustado, guiña un ojo a la rubia y corre hasta la habitación donde Dios ve la tele. Agitado le entrega el expediente. Abre. Página 1 y mientras lee se atora con un Dorito sacado de una bolsa casi tan grande como para tener dentro la producción mundial de la marca en su año récord en ventas.

− ¡Agua, coño, agua! −grita de pronto al borde de la asfixia.

Y se desata la lluvia en el sur de USA.

−Ohhh no… ¿cuántos fueron?

A veces parece inexplicable que un ser tan importante como Dios no pueda controlar mejor sus atoros y demás problemas gástricos, pero hay quien dice que es natural, siendo tan mayor y eso.… Y ni qué decir de su afición a la bebida; por algo todos los bartenders van al cielo. Directo a la esclavitud, claro. Venga a hacer mojitos para Dios, el ser con más aguante de alcohol en sangre que se haya visto jamás.

El problema no es la muerte que ocasiona en sí, ni tampoco que todos luego estén quejándose de porqué Dios ha permitido que tanta gente inocente muera en el desastre, sino más bien, el montón de faena acumulada que el jefe produce con sus caprichos. Los funcionarios del cielo tienen que atender miles de peticiones de entrada. De golpe y porrazo, se encuentran con colas interminables, registros, asignación de camas, recolocación de acuerdo a actos de caridad y una cantidad de trámites que lo complican todo. Y Dios sigue comiendo como un cerdo, si el tema no es con él, qué va.

−Se me fue el Dorito por otro lado –dice excusándose con una risita cachonda.

Mientras tanto en la tierra, Gabriela Dominguez, redacta sus propósitos para el nuevo año 2016. En sus 29 años de vida, no recuerda haber cumplido con esas listas jamás, pero ahí sigue ella, con la fe a desbordar.

Continuará. (O no)

Pepa, Lulú y Jacinto van a hacer un trío

13 Mar
Esta historia me la contó la amiga de una amiga.
Estas son dos chicas de aquellas inseparables. Por ejemplo, Pepa y Lulú.
Se van de fiesta como cada viernes por la noche.
A eso de las 2 de la mañana aparece un galán interesante para Pepa: alto, guapo, fuerte, con cara de.
Hay ganas, pero las buenas amigas no se dejan solas, así que ahí empieza el cuento.
Pepa le pregunta a Lulú. ¿A ti te gusta alguno?, frase que esconde un profundo “¿porqué no te vas por ahí y me dejas ligar con el rubio?” Lulú le señala a un tipo que parecía solitario y dice “Bueno, ese está bien”
Pepa se acerca al chico en cuestión. ¡Qué buen gusto tiene mi amiga, coño!
– Holaaaa (largo) ¿cómo estás?
– Bien, ¿y tu?
– Ya ves que bien. (blink 😉 ) Oye, te quiero presentar a mi amiga.
– Ah pero y… ¿tú? ¿cómo te llamas?
– Yo, Pepa, pero en realidad me he acercado para presentarte a mi amiga Lulú. ¿Quieres conocerla?
El tío, como quien va al mercado a comprar un bisteck, mira de arriba a abajo a Lulú, que desde lejos piensa… bueno… quién sabe qué carajos piensa.
– Vale, preséntamela, sí.
Mientras Lulú y “Jacinto” hablan, Pepa se va a la barra en búsqueda y captura del chico alto, guapo, fuerte y con cara de. Pero éste, apurado de la vida, ya se buscó otra.
Pepa se queda en la barra meditando sobre el color de la coca cola y el horrible vestido de la rubia con la que se fue su presa.
Conversa un rato con el camarero.
Desde lejos, ve a Lulú y Jacinto juntos. Quizás era que su amiga al fin había encontrado el amor. Quizás esa noche marcaría un antes y un después en su vida. Pepa está emocionada por ella. Es una romántica.
Desde la barra, los mira imaginando una boda y tratando de adivinar la cara de sus futuros “sobrinos”. Guapos, eso seguro.
De pronto Lulú se acerca a la barra y le dice:
– Nena, Jacinto dice que porqué no nos vamos a tomar una copa a tu casa.
– ¿Cómo, cómo? ¿A mi casa?
– Es que, a ver Pepa… Jacinto quiere hacer un trío.
Pepa casi muere de la risa.
– No, no, en serio, ¡no te rías, tonta! Quiere hacer un trío con nosotras.
– Un momentito, ¿y tú también quieres, loca?
– Bueno, sí.
Pepa apura el vaso y piensa un momento más en lo de la coca cola.
Al rato contesta, más seria:
– Che che ché, pero habrá que establecer unas reglas primero.
– ¿Qué reglas?, preguntó Lulú.
– Yo a ti no te hago nada, esa es mi condición.
– Vale, vale.
 Apretón de manos y las dos caminan divertidas hacia Jacinto.
Bailan abrazados los tres, como sacados de una película de Almodóvar, ahí en medio de la pista, medio pedos, medio calientes. Debía de sonar alguna canción de Alaska, aunque lo dudo…
Jacinto les invita a una copa, con actitud vencedora, pues: el nene ganador de la noche, el rey de la selva, el adonis de la cité.
Madre mía…
Cuando salieron de la discoteca, Pepa quiso saber un poco más de el que, en un rato, sería su amante compartido.
Se sentaron un rato a conversar en una banca.
– ¿Vamos a tu casa, entonces?, dijo él.
– No, ni de broma, a mi casa no.
– Venga, Pepa, no seas aburrida, dice Lulú.
– Bueno, no importa, dice él, vamos a un hotel.
– Eso está mejor, contesta Lulú.
– ¿En serio quieres acostarte con las dos? (Pepa es ingenua a veces)
– Sí, no tengo yo la culpa, me gustáis las dos…
Él las abraza y acaricia la espalda.
La conversación fluye y el nuevo amigo se entusiasma:
– Yo es que soy muy dominante. Me gusta tener el control con las mujeres. Espero que eso no les incomode.
Entonces, como un rayo caído del cielo, Pepa revive en los bellos y cachondos ojos de Jacinto, todas las historias traumáticas de amigas y conocidas en las que lo divertido se convertía en abominable. Y de pronto dice:
– Lo siento, creo que no voy a acostarme contigo.
Dolorosa despedida. Pepa se fue a casa caminando, riéndose al recordar. Lulú y Jacinto se fueron juntos hasta el metro pero tampoco pasó nada entre ellos. A las 8 de la mañana Lulú envió un mensaje a Pepa: “Tenías razón, cuando salió el sol me di cuenta que el chico estaba mal de la cabeza”
Amiguitos lectores, lamento que el final de la historia no sea tan porno como esperaban. Culpen a Pepa.

Nuestra libertad

2 Feb

La mujer quiso libertad y la tuvo, tanta que hasta contó a sus amantes en una lista y se sintió bien por ello. Y pasaron por su cuerpo y por su mente, todos los que, en su infinito y engañoso deseo de vivir, quiso tener. Y a algunos los amó. Y a veces su deseo se sació.
Hasta que un día dejó de sentir y pensó.
Agradeció a su tiempo la libertad pero decidió que la había estado utilizando mal. Su engañoso deseo la había llevado a buscar el amor en un lugar donde jamás lo encontraría: afuera.
Y una vez entendida su verdad, empezó a ver más y más qué era lo que quería realmente para sí. No había nada que buscar, estaba todo justo al frente, expuesto como en una tienda hecha especialmente para ella. Hacía falta valor para tomar sus verdaderos deseos porque eso significaba sacrificar mucho de lo que la venía acompañando durante tanto tiempo. No quería más ceder a la vida. Entendió que su libertad no consiste únicamente en poder hacer lo que se quiera con lo que llega a sus manos, sino en poder elegir sólo aquello que se quiere de verdad y tomarlo con firmeza y emoción.

El hombre quiso libertad y la tuvo, tanta que pudo dejar de decir a las mujeres palabras importantes. Y pasaron por él, diez, veinte, y todas las que, en su infinito y engañoso deseo de vivir, quiso tener. Y a algunas las amó. Y a veces su deseo se sació. Hasta que un día dejó de pensar y sintió.
Agradeció lo vivido y su intensidad, pero entendió que no hay libertad más real que la de la sinceridad.
Notó que es más gratificante sentirse amado bajo el sol que ir buscando pedazos de cielo en medio de la noche.
El hombre se dio cuenta de su error y empezó a ver frente a sí, todos sus verdaderos deseos justo frente a él. Tuvo que armarse de valor para tomarlos porque eso significaba sentir demasiado, algo que durante tanto tiempo prefirió no hacer. Comprendió que su libertad no consiste en poder hacer lo que se quiera con lo que hay, sino tener coraje para sentir lo que de verdad se tiene, con firmeza y emoción.

Mi buen amigo gay

10 Ene
No me pregunten porqué pero siempre quise tener un amigo gay.
Así que hoy me lanzo a contar esto que tanto me ha martirizado la existencia, diciéndote a ti, amiga de toda la vida que… ir contigo a comprar ropa es perfecto, sí, pero te falta algo ¿entiendes? ódiame si quieres pero…te falta.
Debe ser que vi alguna película en plena pubertad o a mitad de ciclo menstrual y entre la inflamación y la llorera, quedé marcada a fuego con la imagen de la chica buscando consuelo en el hombro masculino sin mostrar temor a una repentina erección.
Esta idea, sumada a todas esas amistades fallidas con hombres heterosexuales que se niegan a perder la fe, me convirtieron en una payasa excesivamente amable con todo homosexual que se cruzase en mi camino. Una lástima, lo sé.
Desde ese momento (que no puedo marcar en el tiempo) en el que empecé a desear tener un amigo gay, miles de parejas “chica hetero + chico gay” empezaron a aparecer ante mis ojos para restregarme su felicidad por la cara: mostrando su complicidad en centros comerciales, tomando un helado gigante para calmar las penas  y en mi imaginación, protagonizando escenas maravillosas llenas de canciones pop, chocolates y mucho sentimentalismo.
Ya por entonces empezaba mi búsqueda del amigo gay y como soy así de pesada, aprovechaba cualquier ocasión. Pasaban los años y nada. Y yo cada vez más desesperada:
Corría el mes de Julio, era sábado, 3 de la tarde, hora en la que el sol está cansándose de quemar gente y la playa gay de Sitges está tan llena de hombres a los que les das igual, que da gusto. Lugar perfecto para encontrar a mi amigo/amiga ideal.
No había terminado de estirar el pareo en la arena que ya estaba yo en pelotas rogándole a Dios y a los ángeles que por favor hoy fuera el día. Saqué mi libro y me empecé a hacer la que leía. A mi izquierda encontré una buena presa: unos 30 años, guapísimo, tanga de leopardo, leyendo el Kama Sutra y mejor peinado que yo en toda mi vida, rubio, fornido… en fin, el buen amigo gay parecía que había llegado por fin a mi vida y esta vez no podía fallar así que me quité un momento las gafas de sol y le sonreí mientras le hacía un tímido “hola” con la mano estilo princesa Letizia.
El chico me devolvió el saludo y la sonrisa y continuó con su lectura.
Me dí un baño en el mar. Las olas me llevaron hasta un mundo ideal donde él (Pablo, por ejemplo) me contaba sus hazañas nocturnas con un flamante Alemán al que había conocido la noche anterior en algún bar cerca al puerto, nos reíamos tomando un vino y brindábamos por nosotros y lo felices que éramos juntos en ese momento.

Salí del mar, seguramente con esa cara de tarada que se me queda cuando estoy soñando despierta y me tumbé a tomar el sol.
El hasta entonces “Pablo” volvió a sonreírme y yo a él. De pronto se levantó y se acercó hasta mi.
– Hola, ¿eres de aquí?
– Holaaa (cara de felicidad suprema) No, pero vivo aquí… ¿y tú?
– También. ¿Estás esperando a tu novio?
– No… no…
Y casi sin dejarme terminar de contestar dijo qué bien, entonces ¿pongo mi toalla a tu lado? Podemos tomar el sol juntos, si quieres (guiño)
Bueno, Pablo tenía un acento un poco extraño, así que era casi imposible que se llamara Pablo como en mi alucinación en el mar. Tan imposible como que fuera gay.
Sentí tanta pena por mi situación, que opté por pedirle groseramente que me dejara en paz de una puta vez. Debió pensar que estaba loca.
Pasó un año más y me rendí. Debía ser que solo podía tener amigas mujeres, algo habría hecho yo en mi vida anterior para merecer esto. Empecé a aceptar la falta de “colgajo” en mis amigas y sus vocecitas naturalmente dulces. Y cuando al fin lo había conseguido superar, apareció él.
Sí, señores, hoy tengo un amigo gay y es hermoso. Él y el hecho de tenerlo en mi vida, por igual.
Todo esto me hizo pensar que en la vida, recreamos mentalmente nuestros deseos de una manera en la que luego nunca se cumplen, pero la verdad es que eso no importa porque el simple hecho de que se cumplan ya es bastante. Sobretodo en este caso.
Gracias por existir, buen amigo gay.

Me estoy quitando

4 Dic

¿Por qué a veces le damos importancia a lo que ya no queremos en nuestras vidas?  Como yo ahora, que intento dejar de ser lo que soy y escribo sobre ello.
Quizás sea que el proceso de quitarme de encima esta parte horrible de mi que es mi profesión, hace que a ratos necesite un shot de la misma mierda que antes me parecía divertida: la publicidad.

Debo decir que trabajar 8 horas en una agencia tampoco es que aporte mucho a mi rehabilitación, pero estar en España justo en época de crisis, sí. Que me perdonen los susceptibles pero digo sí, porque acá cada día la publicidad da más pena. Si ya de por sí normalmente da pena en cualquier sitio, aquí y ahora, todavía más.

Se acabaron los años dorados de la publicidad española, donde había creatividad (y dinero) para hacer cosas maravillosas que ahora sólo hacen 2 o 3 anunciantes con 2 o 3 agencias millonarias. Esas épocas en que yo estudiaba y los profesores se enorgullecían de todos esos spots que ninguno de ellos había hecho.

La misma España, donde hasta hace algunos años vivía gente con ganas de creer en las campañas publicitarias, porque “qué rico es todo cuando no nos falta nada” y podemos dormir en paz pensando que acabaremos todos bien jubilados viajando en verano a alguna playa del sur, ¿no? Igual de rico que tragarse todo lo que a uno le echan encima en la caja tonta cuando se llega bien a final de mes y puedes comprar casas y coches y ¡alaaaa! ¡despilfarro!

Siempre he pensado que la publicidad es el reflejo de qué tan jodida o en auge está la economía en un país. Entonces, si me teletransporto al Perú de los años 90 veo anuncios tipo Aurgi por doquier, pero si enciendes la tele hoy en cualquier casa de Lima encontrarás cosas con más calidad, signo de la bonanza que se vive allá. Calidad igual de vacía por cierto, pero al menos sin tufo a estoy hundido en la miseria. Veo eso y  a los papi-cerdos pedantes de la publicidad rebozándose en barro cuando reciben sus premios cannes, sus ojos de iberoamérica y demás reconocimientos. Porque si algo los caracteriza es ese ego lastimero que les hace pensar que cuanto más raros se ven, mejores son. Es tanto así, que casi que se puede intuir el PIB de un país con 5 minutos de exposición publicitaria. En la España de antaño veíamos cosas mejor pensadas, trabajadas con la tranquilidad que es fruto de esa falsa calma que nos llena la boca cuando todo va bien.

Y a pesar de querer quitarme de esto y de pensar que hago bien en despedirme de mis años de publicista viviendo en un país en crisis, le doy importancia a un maldito anuncio de televisión: el de Frenadol. Simplemente una reflexión: si hubieran puesto a una mujer en el lugar del hombre y viceversa estoy segura que las feministas ya habrían imputado a la marca. Entonces, ¿Dónde están los machistas cuando hay que quejarse?

Hoy estoy peleona pero prometo salir de mi letargo pronto y lograr que este sea el último post que haga referencia a publicidad, publicistas y demás…
Y ya de paso, aprovecho para dejarles este vídeo de uno de mis ídolos Berto Romero, donde también se queja de la publicidad, antiguamente conocida como “publi” y digo antiguamente porque los diminutivos mejor los dejamos para los queridos.